EXPOSICIÓN TEMPORAL

Los otros Rostros de Guatemala

Máscaras ceremoniales mayas y coloniales de la colección de Claudio Rama

Un venado, un diablo, un conquistador español. Las máscaras que se tallan en Guatemala desde antes de la llegada de los españoles siguen saliendo a bailar en cada fiesta patronal, y en una misma danza pueden cruzarse un animal del mundo maya y un soldado de Pedro de Alvarado.

En el mundo maya la máscara servía para asumir otra identidad: la de un dios, la de un animal, la de un ser sobrenatural. También acompañaba a los difuntos en su tránsito al inframundo. Las más trabajadas fueron las zoomorfas, las de los animales que protagonizan leyendas y creencias. Ponerse la cara de un animal era tomar prestada su fuerza, y los guerreros las usaban para intimidar al adversario.

La conquista española no terminó con esa tradición: la usó. Los evangelizadores incorporaron las máscaras a danzas y representaciones teatrales para enseñar el cristianismo, y las zoomorfas se colaron en las celebraciones de los santos patronos. Lo que empezó como herramienta de conversión terminó funcionando como continuidad maya y como resistencia.

El caso más claro es el Baile de la Conquista, que pone en escena la caída del territorio maya ante las tropas de Pedro de Alvarado. Nació como una representación de la victoria española y terminó formando parte de la memoria de las propias comunidades indígenas, que lo bailan con máscaras de los dos bandos.

A su lado siguen vivas la Danza del Venado y el Tocontín, donde el animal no es solo un animal: la impronta nahualista le da una dimensión espiritual que desborda lo que se ve. Del otro lado llegaron las Danzas de Moros y Cristianos, que en la península ibérica recordaban los enfrentamientos con los musulmanes y acá se reutilizaron como analogía de la evangelización. En el Baile de los 24 Diablos cada diablo encarna un pecado, y la danza entera funciona como una lección teatral sobre la salvación y la condena.

Una máscara guatemalteca no esconde una cara: muestra otras. Detrás de la madera tallada aparecen santos y diablos, conquistadores y conquistados. Cada una cuenta una historia propia y todas juntas cuentan la misma: siglos de imposición, mezcla y permanencia. Son, en definitiva, otros rostros de Guatemala.